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lunes, 18 de noviembre de 2013

EL VIAJE DE MI VIDA

Cuento

Stephanie Sophia Alva Ruiz
      Mis padres decidieron llamarme Rodolfo desde que vieron mi tono de piel, blanco rosado, tan rosado que mi nariz figuraba  ser la de Rodolfo el reno. Vivía en una casa no muy grande, tenía exactamente 10 años cuando el nombre Rodolfo comenzó a molestarme. Hubiera preferido llamarme Peter, tal como mi héroe “El hombre Araña”. Mis orejas son grandes, mi cabello es tupido y rojizo, mi piel blanca rosada y de labios delgados, jamás de me he considerado guapo pero tampoco me puedo quejar tanto. Ahora bien, no soy de carácter fuerte, soy bastante tranquilo pero me cuesta un poco de trabajo hacer amigos, tal vez sea porque soy bueno en la escuela.
      En lo personal, estoy enamorado de todos los animales que vuelan, anhelaría ser tan libres como ellos y recorrer el mundo, claramente, descubrir las mejores vistas que la naturaleza nos ofrece. Hasta ahorita, he descubierto una, tan hermosa que hace posible creer en la existencia de dios. Antes, todos los domingos pedía mi padre llevarme al mirador de la ciudad, ahí contemplaba la mirada de toda la ciudad que terminaba en las grandes y frías montañas que ya no me permitían ver más allá, sentía el viento tocar mi rojiza piel de la cara y despeinar mi cabello, me fascinaba estar ahí.
       El tiempo pasaba rápido y yo seguía deseando recorrer el mundo, había creado miles de ideas para escapar antes, pero ninguna estaba tan cuerda como para llevarla a cabo. Cierto día, mientras revisábamos la clase de matemáticas, se me ocurrió la gran idea que haría mi sueño posible: crear un globo aerostático que me pudiera llevar a recorrer el mundo.
     No espere ni que acabara la primer semana para comenzar a trabajar, el primero no quedó como esperaba; el segundo, no voló tan alto; fue el tercero, ese fue el victorioso que iniciaría mis hazañas. Entonces, decidí ponerle Santa Claus, debido a que yo sería el reno Rodolfo que guaría a Santa Claus, mi globo, a observar el mejor lugar del mundo.
     Una noche, espere a que todos se fueran a dormir, guardé comida, una manta calientita y tres pares de calzones y salí, dispuesto a no regresar hasta encontrar el mejor lugar del mundo. Recorrí por  varios días todo Latinoamérica, indudablemente, el carnaval de Brasil fue hermoso, la gente se reía y bailaban todos juntos, disfrazados y sin preocupaciones, como si la tristeza, miseria y  guerra jamás hubiera existido.
     Seguí navegando por los cielos hasta llegar a África, donde tuve que detenerme a agarrar frutos para comer, pues después de varios días, la comida y el agua iban escaseando. Ahí conocí a Cheby, una niña que ofreció regalarme un poco de agua, era más pequeña como de 8 años, piel morena y con una sonrisa muy bonita. Le conté a cerca de mi gran aventura y lo que había observado en Río de Janeiro, ella escuchó atenta y sonriente, hubiera deseado tanto irme con ella pero Cheby se negó porque no podía dejar a su madre y a sus siete hermanos. Prometió que ella iría a lo más alto de la Torre Eiffel, acordamos vernos ahí dentro de 3 años.  Yo tenía que seguir, así que me despedí de Cheby, bese su frente y emprendí de nuevo mi viaje, esta vez, tenía un destino en mente, cuando regresará de mi gran viaje, el primer lugar al que visitaría sería la Torre Eiffel, donde estaría Cheby esperándome.
     Llegué a Nueva Delhi donde me recibió un elefante juguetón que me bañó de agua, seguido de una jirafa que ni siquiera pudo verme debido a su gran altura. Tenía el tiempo contado antes de regresar a París pero  la vista del Templo de Loto hizo que  perdiera una noche más de lo ya planeado. Verdaderamente ese templo se veía mejor durante la noche. Al día siguiente, seguí con mi viaje.
     Después de tres meses, llegué a China, caminé hasta que mi pierna izquierda respondió con un fuerte calambre por toda la Gran Muralla China. A pesar de eso, decidí esperar y seguir caminando, ¡la muralla China era inmensa!, parecía no tener fin, pero después de unos pocos días, encontré el final. En China, me hice amigo de un niño llamado Fen, de igual forma, le hable sobre mi sueño y él respondió que China era el mejor lugar de mundo para él, no se equivocaba, pues evidentemente China era hermoso. Fue un poco difícil hablar con él pero nos entendimos muy bien, era un niño amable y educado. Fen solía quedarse mirando mis ojos grandes y almendrados, parecía que le gustaban mucho mis ojos occidentales. No tenía mucho tiempo antes de mi última parada, así que debía irme. Me despedí de Fen como si fuera chino, junte mis manos e incline mi cabeza. Tomé mi globo, aliste mis cosas y emprendí mi viaje. Zàijiàn- dijo Fen mientras veía mi globo perderse por el cielo.
     Estaba muy agotado y parecía no haber rumbo, estaba muy oscuro y el viento soplaba más fuerte de lo normal. De repente, una fuerte tormenta comenzó a sacudir a mi globo Santa Claus, traté de manejarlo pero perdí el rumbo y me quedé dormido. Durante mi larga siesta, pude contemplarme a mí, corriendo en la cima de la montaña, con la luz de la luna tocando mi cara. Entonces volteé hacía el cielo y pude verme, sonriendo con una mirada que jamás había tenido. Ese fue el mejor sueño que jamás pude haber tenido.
     Desperté y ya era de día, no sé donde m encontraba exactamente, estaba muy lejos del mundo, eso es seguro. Tuve que esperar hasta encontrar una señal de tierra. De repente, me di cuenta, había llegado a Japón. Había soñado con llegar a Japón por mucho tiempo y por fin estaba ahí. Sonreí de felicidad y comencé a explorar la ciudad.

     El día pasó muy rápido, había tantos lugares por ver todavía pero la noche estaba llegando así que tuve que detenerme. Decidí subirme a la cima de una montaña para poder ver la ciudad. Llegué ahí y lo primero que hice fue pararme hasta la cima de la montaña. De repente, volteé hacia abajo  la ciudad parecía de nuevo muy lejana, estaba un poco triste por no poder haber visto lo que él se imaginaría. Entonces, volteó hacía arriba y ahí estaba la luna, alumbrándome con su hermosa luz, parecía estar tan cerca que podía tocarla. Baje rápido de mi globo y sin darme cuenta caí boca arriba. Desde el suelo, seguí viendo la luna. No dude en sonreír hasta quedarme dormido. Yo, por primera vez durante mis 10 años de vida, estaba enamorado.

FIN
Editado por: Stephanie Alva

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